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  • Casa Negra

¿Y si Buñuel volviera hoy de la muerte?

Por Juan Sebastián Muñoz Sánchez

Al final de su autobiografía, ‘Mi último suspiro’, que podría decirse que efectivamente fue el último suspiro del pensamiento buñueliano, el histórico cineasta de Calanda, en un estertor de su prolífica y deliciosa imaginación, dice que le gustaría volver de la tumba cada diez años, visitar los quioscos y llevarse algunos periódicos para ver cómo van las cosas en el mundo para después regresar a la calma del sepulcro, tal vez con la carcajada vulgar de aquel Cristo de ‘Nazarín’. Si el fantasma de Buñuel cumpliera con su deseo en estos tiempos, ¿qué pensaría del mundo actual? ¿Qué pensaría de las redes sociales? ¿Qué pensaría del auge de la extrema derecha? ¿Se animaría a hacer cine en su periplo post-mortem? ¿Qué pensaría del cine de hoy en día? Seguramente se carcajearía. O tal vez agradecería que el azar, ese fenómeno que tanto valoraba, le hubiera evitado vivir esta época.


A lo largo de su vida, Buñuel atravesó escenarios históricos del siglo XX, desde la Guerra Civil Española hasta la contracultura. En aquellos escenarios donde se definió el arte moderno de Occidente, fue un protagonista determinante. Probablemente, nunca quiso posicionarse como líder de algo, como lo indica su carácter reacio a los reflectores, pero era inevitable que su perspectiva siempre vanguardista destacara con ímpetu. Es muy probable que, de estar vivo, este tiempo no le hubiera parecido particularmente interesante, o al menos inquietante. No se encontraría con fenómenos explícitos, con movimientos intensos, como los que le tocó vivir, para bien y para mal, sino con una tendencia global casi inasible. Con suerte, le interesaría ese fundamentalismo creciente que se ha multiplicado en forma de fanatismo en los más diversos aspectos de la vida. Un Nazarín deambulando por el mundo debe ser frecuente en estos tiempos, enfrentándose a su creciente falta de fe y al acoso de los fanáticos del fútbol, de la comida, de las series de televisión, del pop coreano y japonés, de los teléfonos celulares, de los cupcakes, de cualquier cosa. Las religiones se han expandido como una pandemia. Tal vez el cadavérico Buñuel resucitado comprendería que el surrealismo hoy en día es imposible frente a la extensión del absurdo, de esta locura distópica. No se trata del absurdo cruel y provocador de Artaud, sino ese absurdo seco y plano que deriva en el aburrimiento. Tal vez le llamaría la atención el éxodo de millones de pobres que se esparcen por el mundo, como si fuera el salón de la casa de Viridiana, probablemente degustando la que será su última cena en un buen tiempo. Pero son tantos que han dejado de ser especiales para el resto de la humanidad. Tal vez en este mundo ‘El Jaibo’ no moriría, sino que se haría alcalde, o hasta presidente. Buñuel descubriría que los burgueses no sufren al Ángel Exterminador, sino que se deleitan en su inoperancia y disfrutan de su propio naufragio.


Seguramente Buñuel no tendría redes sociales. Ni por curiosidad y menos por información. Tal vez tendría un Instagram con visiones oníricas o un Twitter con sentencias condenatorias y blasfemias. ¿Dónde podría sentarse a cenar Buñuel con sus amigos ante el discreto encanto de estos tiempos? Buñuel no podría hacer cine, pero de todas formas lo haría, además de preparar martinis con sus propias manos, sin maquinitas. Saldría a la calle, equipado con la cámara y la grabadora, a reencontrar Las Hurdes omnipresentes, en el fondo oscuro de la ciudad, donde encontraría a los olvidados que le ayudarían a patear este tablero con este juego que pierde la emoción. Sería por supuesto censurado una y otra vez por la corrección política. Por violador, por pervertido, por tener imaginación. Por mirar a los ciegos tapándose la cara, pero entre los dedos. Por atreverse a poner en la luz lo que mantenemos en la oscuridad. Cómo se atreve, Don Luis. O tal vez le interesaría ver cómo la paranoia celosa de Francisco Galván Montemayor, su Otelo de ‘El’, multiplicada hasta el cansancio, ha metido a la humanidad en los cuarteles, en los departamentos, en las oficinas, en las cajitas. Pero otra vez vería que este mundo no es de particularidades sino de horribles tendencias ¿Cómo se sentiría Buñuel en esta realidad con tan poca imaginación, con este cine que tropieza con la nostalgia superficial? ¿Buñuel encontraría misterio en este presente? Tal vez no, porque se puede googlear y el misterio incomoda, disgusta. Definitivamente confirmaría sus ideas sobre la condición fantasmal de la libertad, escondida hoy en día en esta virtualidad invasora. Felizmente, volvería a encontrar refugio en la religión católica, ese terreno que siempre encontró tan fértil para la representación subversiva. La exposición putrefacta de los miles y miles de curas pederastas parecen la catedral de todas sus corazonadas y de sus certezas. Esa corte anacrónica y esperpéntica le seguiría pareciendo infame y por lo tanto riquísima; ahí toda terca en su ceremonia medieval. Incluso vería a sus predicadores conservados en la proliferación vil del protestantismo. Pero no. En realidad, es un alivio que Buñuel no esté aquí. Qué bueno que se libró de este mundo. Ojalá ande por ahí esa figura, como lo dijo en sus memorias: “con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba” (1).


Notas:

(1) HTTPS:/MONOSKOP.ORG/IMAGES/B/BD/BUNUEL_LUIS_MI_ULTIMO_SUSPIRO.PDF

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