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Personas del subsuelo: Parasite (2019) de Bong Joon-ho

Por Jetsael Villegas.

Estamos en el interior del sótano de un edificio, la cámara apunta hacia la ventana. En el exterior hay un amplio corredor lleno de basura; adentro varios calcetines cuelgan sobre una lámpara de techo, probablemente alguien los puso ahí para secarlos con la poca luz solar proveniente de afuera. La cámara —hasta el momento fija— desciende lentamente hasta mostrar en un plano medio a Ki-woo, quien está sentado cerca de la ventana para poder conectar su smartphone a alguna red de Wi-Fi abierta. La escena dura aproximadamente 40 segundos, pero el director Bong Joon-ho plantea en ella el principal conflicto de la familia Kim: personas del subsuelo buscando beneficiarse de los de arriba, los más privilegiados.


Parasite, séptimo largometraje del director surcoreano Bong Joon-ho, cuenta la historia de la familia Kim conformada por el descarado padre Ki-taek (Kang-ho Song), la tramposa madre Chung-sook (Hye-jin Jang), el ingenioso hijo Ki-woo (Woo-sik Choi) y su inmutable hermana Ki-Jung (Su-dam Park), quienes viven en el sótano de un edificio y están desempleados. Todo cambia cuando Ki-woo consigue un trabajo como profesor particular de inglés en casa de los Park, una opulenta familia con casa de lujo. Poco a poco, los Kim se adhieren a los Park cual parásitos para sobrevivir.


En primer lugar, cabe destacar la audacia del director para integrar dos inquietudes previamente plasmadas en sus trabajos anteriores: por un lado el jugueteo con los registros dramáticos, principalmente con la comedia y la tragedia; por el otro, retratar la brecha existente entre los privilegiados y los marginados, entre los ricos y los pobres, entre quienes aparecen en portadas de revista por su éxito y los rara vez vistos porque se encuentran por debajo del suelo. The host (2006) y Okja (2017), ambas de Joon-ho, transitan de la comedia a la tragedia de manera sútil, motivada por el estado emocional de los personajes y la profundidad de los temas. En Snowpiercer (2013) —su primer filme rodado en Estados Unidos— utiliza un colosal tren en movimiento como metáfora de la gran distancia que separa a las clases sociales.


En Parasite nuevamente habla sobre las brechas sociales a través del uso estructurado de los espacios: en el sucio y desordenado sótano de los Kim, la cámara muestra a estas personas del subsuelo en planos medios y en convivencia constante; los Park, en su pulcra mansión, son mostrados en planos generales ya que casi nunca conviven y cada miembro se encuentra en diferentes ubicaciones del lugar. Los personajes están subiendo y bajando escaleras frecuentemente, pero el objetivo es quedarse arriba donde tienen más oportunidades.



A la dinámica entre espacios también se suma un búnker secreto en casa de los Park donde se llevarán varias interacciones importantes, estos elementos funcionan como otra metáfora: la gente menos favorecida pelea entre sí para ascender a una mejor calidad de vida.

El uso estructurado de los espacios para enfatizar la enorme brecha entre clases sociales no es algo original o innovador, es un recurso que se ha usado frecuentemente en el cine, tanto en la clásica Metropolis (Fritz Lang, 1927) como en la reciente Elysium (Neill Blomkamp, 2013), pero sí proporciona una ligera variación al mostrar cómo un mismo fenómeno se experimenta de manera diferente según las condiciones socioeconómicas: mientras los los padres Park ven a su hijo jugar en el patio de la casa bajo la torrencial lluvia —probablemente un recuerdo hermoso para la posteridad—, padre e hijos Kim descienden innumerables escaleras de las calles de Corea del Sur para llegar a su hogar, inundado completamente. Los Park duermen tranquilamente en la sala, Los Kim pasan la noche en un refugio para damnificados.


La lluvia también tiene otra función: anunciar la tragedia. Cuando el agua desciende acompañada de verdades reveladas, emociones exacerbadas, máscaras removidas e intranquilidad frenética.


Cuando las personas del subsuelo logran colarse por completo a la cima de la superficie, hasta entonces contada en un tono cómico y cinematográficamente parecido a “las películas de atracos”, comienza su descenso a los infiernos. Se presenta un punto caótico en la casa de los Park —tras revelarse que los Kim no son las únicas personas del subsuelo— donde Joon-ho se vale del suspenso para narrativamente crear un punto de tensión, pero también para crear en Ki-taek un cambio de conciencia hacia el incontenible desenlace.


Similar a Shoplifters (Hirokazu Koreeda, 2019), Parasite muestra a una familia marginada que trabaja en complicidad para subsistir. En ambos largometrajes, el cariño se antepone a las necesidades materiales; la familia se desintegra involuntariamente y se mantiene la esperanza de una vida mejor. Más importante aún, Joon-ho y Koreeda retratan a los personajes y su condición social con empatía y sin explotar la miseria.


Precisamente es la explotación de la miseria humana —la pornomiseria— un camino tentador para los realizadores que desean hablar de un tema políticamente relevante, pero al mismo tiempo anhelan el reconocimiento del gremio cinematográfico; en el peor de los casos se emplea cuando se desconoce el tema por completo, ahí está Chicuarotes (Gabriel García Bernal, 2019) de ejemplo.


Joon-ho también tiene una visión muy peculiar del parásito: no sólo son esas personas del subsuelo quienes se adhieren a los opulentos; sino también son los opulentos que no saben hacer nada por sí mismos y contratan los servicios de gente necesitada. “Son buenos, pero son ricos”, afirma Ki-taek, “Son buenos porque son ricos”, responde Chung-sook. Esa pose “buena onda” de los de arriba solamente es para guardar apariencias: las clases sociales eventualmente se reafirman.


Estamos en el interior del sótano de los Kim, la cámara apunta hacia la ventana. En el exterior hay un amplio corredor lleno de basura. La cámara —hasta el momento fija— desciende lentamente hasta mostrar en un plano medio a Ki-woo, quien está sentado cerca de la ventana escribiendo una carta para Ki-taek (escondido en el búnker de los Park). Lo que empezó como una búsqueda superflua por señal de Wi-Fi, termina como una promesa entre padre e hijo de reencontrarse por encima del subsuelo.

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