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La espiritualidad en el cine (¿será?)



El derecho de crear, como un proceso que involucra desde el principio hasta el final todo cuanto surge de uno: sentires, ideas, creencias, traumas, pérdidas, alegrías, deseos, vergüenza, culpa, gritos, anhelos, solicitud, súplica, indiferencia, evitación, etc.; recurriendo a todos los elementos posibles y al alcance que evidentemente son, han sido y serán de sin igual relevancia en el proceso de creación, es indiscutiblemente, la significancia espiritual de la creado.

Esa fuerza que viene desde dentro y que busca desbordarse de una u otra manera, es pues, una especie de dimensión que a su vez, busca traducirse en la transmisión de eso que, previamente, surgió, y que por cierto, es de un ser humano.


La espiritualidad es estar dispuesto a recibir y a dar para sí y de sí. Es lanzarse sin dogma alguno, no sólo se trata de plasmar ni de transmitir sino de mirarse en lo creado para reconocerse anclado en lo que carcome justo eso que viene de dentro. Algunos podrán suponer o dar por hecho que lo espiritual viene cargado de algo divino y para otros sería meramente humano o bien parecería ser la relación entre uno y el todo como uno. ¿Y qué tal si se tratara solamente de algo que se quiere dejar salir porque es relevante no seguir con eso?


Cuando Picasso pintó la Guernica (1937), más allá de reconocer su evidente valor artístico, puede verse también el sentir profundo de mirar los terribles sufrimientos que entre seres humanos, con ideologías suicidas, si se antoja, nos infligimos. La pintura es Arte, el Cine también lo es, el séptimo y además comercial, pero es Arte. Nada es capaz de contener lo espiritual y tampoco le es posible hacerlo en el Arte ni en el Cine, lo espiritual reitera la relación autor-espectador, invitándolo no sólo a contemplar sino a involucrarse en lo que un semejante estuvo dispuesto, y por derecho, a crear. Lo espiritual es dar valor, pero no un valor comercial, sino un significado trascendental que invita al cambio, a la trasformación.


Con 25 años de carrera, cáncer de pulmón, recibidor del León de Oro de Venecia y decidido a convertirse en director de Cine, Andrei ArsénievichTarkovski plasma en sus 7 películas su propia cosmovisión y cosmogonía, en ellas está dispuesto a encontrarse con el otro que es uno como algo vivo y que además está saturado de saberes y regido por condiciones, casi idénticas a las del espectador, que también es uno, y además, real. “No hay duda alguna de que cada persona expresa su época y lleva dentro de sí las leyes de ésta, independientemente de que las reconozca o pretenda ser ajenas a ellas”.


Hablar de espiritualidad implica, quizá necesariamente, una visión que nos trasciende, preguntarse por el ser, el hombre, la existencia, Dios, la vida que se vive, la vida que se espera haya más allá de la muerte, el sacrificio, el propósito de la vida, la misión de cada uno, el destino, el alma, la inmortalidad, entre otras cosas. El Cine, como arte, incide en la emociones de las personas que lo miran, que lo producen y que lo crean, pero también incide en la razón de estos. Si hablamos de espiritualidad en el Cine, entonces deberíamos encontrar en éste un dogma, deberíamos satisfacer y conjugar las necesidades del dogma.


Deberíamos ver el sentido de la vida, deberíamos encontrar el propósito de la existencia, deberíamos recibir las instrucciones para dar y recibir, debería ayudarnos y proporcionarnos herramientas para entender la realidad y encontrar el lugar del hombre en el cosmos, debería el Cine permear mi existencia y por ende constituir mi persona.


En La infancia de Iván, cargado de un mundo de recuerdos del pasado, de sueños, con un fondo bélico, preguntándose por la ambigüedad de la personalidad del héroe, el absurdo de desperdiciar la vida en guerra, la búsqueda, casi desesperada, de una segunda oportunidad buscada por los personajes que deben antes sufrir, vemos a ese Iván como el engendro que, si bien, pudo vivir durante ese tiempo, no puede vivir ni salir de él, ahí nació y ahí debe morir. Con Alexander se ve la desesperación que intenta mitigar con el Sacrificio de renunciar a todo, incluyendo a su propia existencia que estaba confirmada por los recuerdos con los que él mismo se suicida renunciando a ellos. Pero Kelvin ve la realización de sus deseos con el océano pensante en Solaris. Ninguno puede volver a casa. Aquí encontramos narración, lenguaje, valor en las palabras, tradición, sueños de los protagonistas, que quizá sean los de Tarkovsky, la importancia del tiempo vivo, del tiempo muerto y de reflexión.




Si la espiritualidad es un camino de entrega y renuncia, entonces quizá podamos decir que hay un actuar espiritual en el sacrificio de los protagonistas. La forma de ver el mundo no necesariamente refleja el lugar del interesado en éste, pero sí proporciona elementos y herramientas para su desarrollo y quizá para ubicar este lugar. Para Tarkovsky, el Cine era Arte en movimiento, el Arte como la pintura y la escultura representaban y manifestaban personajes, paisajes, eventos, momentos, etc., pero sin movimiento. Pero con el Cine se puede hacer eso y además con movimiento, la obra era acción, que a su vez, era histórica, historia que, si bien es vista por muchos, no es percibida igual.


¿Qué buscaba con esto? La obra de Arte establece una relación con el espectador, relación que previamente fue establecida y desarrollada entre ésta y su autor, relación, a su vez, cargada de una propuesta previamente elaborada y elaborada por el autor, propuesta, manifiestamente, cargada de historia personal del autor, todo este conjunto de elementos plasmados en acción artística a través de la imagen en movimiento que facilita el recurso del Cine, Cine, que aunque de valor comercial, buscaba transmitir el valor real de la visión del autor a través de la invitación al espectador. Si se ha de consumir, que lo comercial del Cine no distorsione la visión del espectador y que el Cine posibilite el contacto y, sobre todo, el acercamiento de éste al Arte en movimiento, pues el Arte es también real.


Tarkovsky afirmaba que cada época estaba marcada por su búsqueda de la verdad, de su verdad como ideal, con el firme propósito de restablecer el espíritu de la gente, independientemente de que se tratara de artista o espectador. Lo ideal se refería al ideal ético, es decir, al ideal social que, por supuesto, también es real. Esto es lo que mostraba en sus películas, para acercar lo ideal de la época se debía aceptar las heridas que cada uno cargaba, y para ello, se debía vivirlas en el propio cuerpo, en la propia vida del artista y del espectador. Si todo esto fracasaba, equivaldría a la carencia, ya preocupante, de la falta de espiritualidad en el mundo, ya no podría pensar y mucho menos soñar en la inmortalidad, en la vida eterna, en la salvación. De manera que el Cine es una forma, para Tarkovsky, de ver el mundo y de involucrarse en él, es una relación real, realidad que buscaba proyectar, de manera insistente, en sus películas.


El Cine tiene, como la pintura y la escultura, la capacidad de trastocar las emociones de los espectadores, emociones del autor que ya han sido trastocadas. La película, de alguna manera, proyecta y refleja las emociones del autor. Con las emociones se establece una relación particular y, definitivamente, real, y dicha relación, quizá sin darse cuenta, comienza a constituir valores, valores espirituales. Con esta nueva relación, que se antoja de natural al principio, pues eso mismo parece cuando se ve una película, se producen sensaciones inquietantes que despierta e influye a y en los espectadores, la producción artística del Cine trasciende el plano y se posiciona en alguien. Estos miran, interpretan, rechazan, aceptan, cuestionan, no sólo la realidad de la proyección ni la realidad que la proyección transmite, sino también su propia realidad. La proyección afecta, la relación entre espectador y autor, es una afección real. Si bien la realidad del autor ya había pasado, revive cuando el espectador la mira.


Lo real refleja lo que acontece, la espiritualidad invita a lo moral y a la ética para gestar una transformación. Lo real es un camino que ya se ha recorrido, sobre lo que ya se ha hecho algo, mientras que la espiritualidad es un camino que aún no se ha recorrido pero que seguramente, o al menos se esperaría, se recorrerá, con la espiritualidad se pretende una mejora y un beneficio en la vida, la espiritualidad es una invitación a la reflexión, reflexionar en la vida, pensar en la vida. Tarkovsky invitaba a la crítica y a la reflexión, de manera que buscaba despertar a los espectadores de los efectos del sedante mental que el dogma espiritual imponía, los que deciden por una vida espiritual, supone que buscan una diferencia en su vida, a tener un sentido. La religiosidad nos vuelve creyentes, ¿de qué o de quién? De que la vida tenga un propósito, la religiosidad se hereda y es la herencia más íntima y grande a la que se pueda aspirar. Nuestra comprensión se ejerce desde algo que nos supera, que es supremo y que además es comprensible, la realidad espiritual no satisface las necesidades ontológicas ni fenomenológicas pues sucede por destino. La espiritualidad se expande y brinda las herramientas para entender el mundo y el hombre que en conjunto hacen la realidad, por lo tanto, la espiritualidad supone una conexión con algo más grande, profunda y rica, esta es la nueva perspectiva a reproducir.


Bibliografía:


Palacio Vargas, Carlos Julián. La Espiritualidad como medio de desarrollo humano. ISSN 0120-131X 2389-9980 (en línea) | Vol. 42 | No. 98 | Julio-diciembre, 2015 | pp. 459-481. Cuestiones Teológicas | Medellín-Colombia.


Tarkovski, Andrei. Esculpir en el Tiempo, Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine. Ediciones Rialp S.A. Madrid. 1988



Por Paul Queijeiro

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