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  • Casa Negra

La danza de la muerte.

Por Graciela Ríos Vázquez.


Agucé la razón tanto, que oscura fue para los demás mi vida, mi pasión y mi locura. Dicen que he muerto. No moriré jamás: ¡estoy despierto!

Xavier Villaurrutia

Nostalgia de la muerte


La verdad incómoda, consabida y olvidada en el transcurrir de las horas, de los años. Sólo rememorada cuando se atraviesa por el pensamiento de algunas mentes difusas, como solución a carencias existenciales; cuando en ocasiones pasa de largo en corto, o cuando ésta llega a apoderarse de algún ser querido. La muerte, la verdad absoluta, la eterna interrogante, el misterio encriptado. A veces se está muy cerca de ella y a lo más que pueden aspirar aquellos que se atreven a retarla es a pedirle una prórroga, tal es el caso de Antonius Block, protagonista de El séptimo sello, quien reta a la Muerte a una partida de ajedrez para tener más tiempo de encontrarle un sentido a la vida, creyendo, inocentemente, que va a obtener respuestas de la misma Muerte.


La muerte siempre fue un tema que ocupó las cavilaciones de Bergman y se ve reflejada en la mayor parte de su obra. Sin embargo, cuando escribió El séptimo sello, cuenta que se encontraba en una etapa de su vida en la que la muerte (1), particularmente, era su más grande obsesión, le aterraba.


El séptimo sello es protagonizada por el ya mencionado Antonius, un caballero medieval que acaba de regresar de un viaje de 10 años, en el que formó parte de las cuadrillas de las cruzadas. Aquella encarnizada operación militar promotora del cristianismo. Durante los primeros minutos de la película, Antonius se topa de frente a la Muerte, una figura antropomorfa que viste túnica negra y tiene la cara pintada de blanco; en alguna entrevista, Bergman sugiere riendo, que bien podría ser un payaso. Pero en el momento en que esta figura asegura ser la Muerte, su presencia no puede ser vista de otra manera, se impone como tal y resulta enrevesado tomárselo a broma. Aquella personificación de la muerte, es una representación de la amenaza más grande de la época: la peste; pero bien podría ser la bomba atómica en tiempos de la Guerra Fría, o el cambio climático en la actualidad.

La película resulta de cierta manera autobiográfica poniendo sobre la mesa las preguntas que agobiaban al propia Bergman durante aquella época. Preguntas como: ¿Es tan inconcebible comprender a Dios con los propios sentidos?, ¿Por qué se esconde en una nube de promesas a medias y de milagros invisibles?, ¿Qué nos pasará a quienes queremos creer y no podemos?, ¿Y a quienes ni quieren ni pueden creer? (2)


Estos son algunos de los cuestionamientos con los que Antonius interpela al supuesto cura que se esconde en el confesionario y que al final resulta ser la misma muerte. El caballero está atormentado y en la búsqueda urgente de conocimiento. Le resulta inconcebible que después de la muerte no haya nada. Ningún hombre puede vivir enfrentando la muerte sabiendo que todo es nada (3). La Muerte le asegura que la mayoría no piensa en la muerte ni en nada.


Jöns, el escudero de Antonius, un hombre parlanchín, ávido del canto y a quien le falta fe pero aparentemente ello no le causa mayor conflicto, se encuentra observando en una iglesia a un hombre pintando un fresco de la danza de la muerte. La pintura le molesta y confronta al pintor, ¿por qué pintar a la muerte? El pintor le dice que no está mal que la gente sepa que se tiene que morir. Después comienza a describirle los síntomas mortales de la peste, Jöns parece ahora sí tener miedo, quizá su miedo no es a lo que hay después, sino a la agonía que podría representar su enfrentamiento con la muerte. En otro espacio del fresco, está también una representación de las peregrinaciones que algunos creyentes llevan a cabo, en las que se autoflagelan buscando aplacar la ira de Dios que les ha enviado a la peste. Jöns parece cada vez más sorprendido e incrédulo de los estragos que ha provocado la fe religiosa.


En contraste, un grupo de artistas, conformado por Jof, Mía, su pequeño hijo Mikael y Skat, están en medio de su actuación cuando son interrumpidos por la ya mencionada lastimosa peregrinación de creyentes; los artistas, al igual que Jöns se ven sorprendidos y suspenden su espectáculo. Pero la importancia de los artistas entre todo el escenario de dolor e incertidumbre, es muy significativo tanto para el espectador como para Bergman, quien siempre consideró que el arte es una atracción necesaria aún en los tiempos más desesperados.


Es en una reunión que tiene Antonius con Jof, Mía, Mikael, Jöns y agregados, en la que disfrutan de un tazón de fresas salvajes y leche, que Antonius se da cuenta de las poca relevancia de todos aquellas preguntas que lo atormentaban. Disfruta tanto de aquel sencillo momento en el que comparte con otros – mientras escuchan el laúd de Jof – que acepta finalmente que no hay manera de librarse de la muerte y que el meollo del asunto está en que la certeza de la muerte agudiza nuestra conciencia de la vida y hace que todo sea más hermoso y mejor y más grande (4).



Notas:

(1) Bergman, Ingmar. Cuadernos de trabajo (1955-1974). España: Nordicalibros.

(2) Ingmar Bergman. El séptimo sello. 1957.

(3) Ingmar Bergman. El séptimo sello. 1957.

(4) Ingmar Bergman. El séptimo sello. 1957.

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