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  • Casa Negra

Francis Bacon, estudio sobre la subversión de la forma.

Por Gabriela Lobato.


“Me gustaría que mis cuadros se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellos como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y de la memoria del pasado, igual que el caracol va dejando su baba.”

- Francis Bacon.


El siglo XX fue una época caracterizada por los avances tecnológicos y científicos, una época de grandes logros para la medicina y el arte, pero también es inevitable pensar en la devastación que estos avances dejaron a su paso por la Segunda Guerra Mundial. Época en la que se develó la obscuridad y los alcances de la crueldad del ser humano. Cuerpos mutilados y deformados, panorama desolador y ambiguo. Éste fue el contexto en que se desarrolló el pintor británico Francis Bacon, que utilizaba la vida misma como fuente de inspiración.


“Me di cuenta cuando tenía diecisiete años. Lo recuerdo muy bien, muy claramente. Recuerdo que estaba mirando una cagada de perro sobre la acera y de pronto lo comprendí; ahí está, me dije: así es la vida. Curiosamente, me atormentó durante meses, hasta que llegué, como si dijésemos, a aceptar que uno está aquí, existiendo durante un segundo, y que le aplastan luego como a una mosca contra la pared.”

- Bacon, 1975.


Considerado como el pintor de la condición humana, el que no tenía miedo de exponer los peores miedos y deseos del ser humano, sus pasiones desenfrenadas y la violencia de la existencia humana. Siempre con implicaciones biográficas y búsquedas identitarias en su obra.


En la película El amor es un demonio. Estudio para retrato de Francis Bacon el director John Maybury nos ubica en el periodo en que Bacon estuvo con su modelo George Dyer, con quien mantuvo una relación tormentosa durante 8 años. Maybury hace un retrato de Bacon traduciendo los elementos estéticos característicos de su obra a un lenguaje cinematográfico. Desde la primer frase de la película Maybury nos plantea el panorama que desarrollará en los siguientes 90 minutos: “Como una bomba que explota hacia adentro: pensamientos, ideas, fragmentos de imágenes, lazos de recuerdos. Como metralla todo vuelve a mi obligado a resurgir en un cruel pastiche de experiencias” .


Bacon subvirtió la forma y la tradición de su época. A diferencia de sus contemporáneos del expresionismo abstracto, Bacon utilizó la forma para abordar la condición humana en toda su compleja existencia. Utilizó el cuerpo como materia afectada por el dolor, la violencia, la angustia, el amor y la inevitable putrefacción que conlleva la muerte, lo que constituye, todo ello, la belleza y la vida misma.

“Uno solo puede hablar del instinto y obviar el resto. Es una pincelada fortuita que consigue encerrar la magia. Es algo casual, no es algo que pueda predecir ni orquestar. Una obra lleva la marca de la vida, es como un hombre cuya carne conserva la cicatriz de un accidente, supongo que también hay cicatrices en la psique” Frase de la película El amor es un demonio.

Autorretrato, 1969. Francis Bacon

Maybury toma las consideraciones de Bacon sobre la forma como materia inestable en donde se manifiesta el Yo, y la estética Baconiana y lo traduce al lenguaje cinematográfico, apoyándose de figuras deformes por reflejos de botellas o copas, cuerpos partidos y multiplicados a través de espejos, rostros que se desvanecen en la obscuridad de los bares que frecuentan los personajes. La paleta de color que mantiene El amor es un demonio, también remite inmediatamente a los cuadros del pintor británico; predominando la oscuridad teñida de cafés verdosos y grisáceos, con algunos azules un tanto apagados y acentos en rojos. Adentrándonos en un ambiente que se debate entre el interior y el exterior, la vida y la muerte, el amor y el odio.

Stills de la película El amor es un demonio, 1998

Francis Bacon manifestó en diversas ocasiones sus influencias cinematográficas, entre las que destaca El acorazado Potemkin de Sergei Eisenstein, pero también la forma de narrar y construir una historia en el cine. De ahí, Bacon exploró con los trípticos, que si bien no buscaba construir una narrativa convencional, si buscaba generar insinuaciones que se movieran entre la abstracción y la figuración.


“Los trípticos son lo que más me gusta hacer, y pienso que eso puede estar relacionado con el deseo que algunas veces he tenido de hacer cine. Me gusta la yuxtaposición de imágenes separadas en tres lienzos diferentes. Si mi trabajo tiene alguna calidad, a menudo siento que tal vez es en los trípticos donde se encuentra la mejor de ellas.” (1)


La película se desarrolla en un ambiente cotidiano alterado por deseos reprimidos y desgarrada por la violencia latente entre los protagonistas. Que crea un cúmulo de sensaciones que le dan sentido a las figuras amorfas que se enfrentan y entregan entre sí, guiadas por las contradicciones entre el amor y el odio.

Dos figuras, 1953. Francis Bacon

En la película se aborda una segunda línea narrativa, a través de las pesadillas de George Dyer, en donde se explora desde otro ángulo la condición humana, la vulnerabilidad del ser humano y la presencia latente de la muerte y la descomposición que ella conlleva. Dyer ante sus pesadillas, o ante la vida en sí misma, es un ser indefenso, al que el miedo ante lo desconocido y lo inevitable que representa la muerte se va transformando a lo largo de la película. Deambulando entre la realidad y la pesadilla, que desborda su lado más destructivo, hundiéndose en una oscuridad que desvanece su ser para dar paso a una bestialidad que lo lleva a su propia destrucción.


Maybury logra plasmar de una manera muy poética el gesto, la pincelada, la visión de Bacon. Aportándole un nuevo movimiento a esas explosiones internas del ser. Desarrollando la historia de dos figuras que, a pesar de estar juntas, ambas se encuentran sumidas en sus propios miedos. Se adentra en las habitaciones más oscuras del amor y las abre para que manchen todo lo que por su paso encuentran. Las presenta con una fluidez y cotidianidad que nos acercan a Francis Bacon como el ser humano atormentado y solitario que supo plasmar en su obra los demonios que representan a la sociedad de su época.


Al igual que como el pintor se acercaba a sus modelos para entender su condición humana y develar sus demonios, Maybury se adentra en las entrañas de Francis Bacon para manifestar en otro lenguaje la realidad impalpable de la esencia del ser humano.

Al igual que como el pintor se acercaba a sus modelos para entender su condición humana y develar sus demonios, Maybury se adentra en las entrañas de Francis Bacon para manifestar en otro lenguaje la realidad impalpable de la esencia del ser humano.


“La mayor parte de un cuadro siempre es convención, apariencia y eso es lo que intento eliminar de mis cuadros. Busco lo esencial, que la pintura asuma de la manera más directa posible la identidad material de aquello que representa, Mi manera de deformar imágenes me acerca mucho más al ser humano que si me sentara e hiciera un retrato, me enfrenta al hecho actual de ser un ser humano, consigo una mayor cercanía mientras más me alejo.” (2)



(1) Bacon, citado por David Sylvester: “Triptychs are the things I like doing most, and I think this may be related to the thought I’ve sometimes had of making a film. I like the juxtaposition of the images separated on three different canvases. So far as my work has any quality, I often feel perhaps it is the triptychs that have the best quality” (Looking back at Francis Bacon, Londres, 2000).

(2) Gilles Deleuze. Francis Bacon. Logique de la sensation. Éd. De la Différence. 1996. P. 198.

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