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En busca del flashback perdido

Por David Zamora


Se dice que recordar es volver a vivir, y cuál será nuestro afán de revivir nuestros recuerdos que el hombre ha luchado por aprehenderlos desde las pinturas rupestres, hasta el cada vez más novedoso registro en video, con el objetivo aún inalcanzable de capturar algo tan intangible y fugaz como el tiempo. Pero hace poco menos de un siglo un convaleciente escritor en decadencia, nos demostró que un panecillo remojado, puede ser mucho más efectivo que cualquier tecnología a la hora de recrear con gran detalle, no sólo las imágenes, sino mejor aún, las sensaciones y sentimientos que han acompañado los grandes recuerdos de nuestra vida.


“Una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena” bastó para detonar el magistral y extraordinario viaje por la memoria y el fluir de la conciencia que Marcel Proust plasmó en siete tomos de su máxima creación En busca del tiempo perdido, obra cumbre de la novela psicológica y uno de los pilares esenciales de las vanguardias, no sólo literarias, sino también, de forma indirecta de la narrativa cinematográfica.


Y es que si Proust no inventó propiamente un recurso tan frecuentado como el flashback (o analepsia), sí lo perfeccionó y nos legó el gusto por el juego y protagonismo del tiempo a la hora de contar historias con imágenes, como una clara analogía de lo que ocurre dentro de nuestra mente en todo momento, como él mismo lo describe:


“...a veces no me era posible distinguir por separado las diversas suposiciones que formaban la trama de mi incertidumbre respecto al lugar en que me hallaba, del mismo modo que al ver correr un caballo no podemos aislar las posiciones sucesivas que nos muestra el cinetoscopio.”


Tal como su contemporáneo Muybridge, quien lograra diseccionar en fotografías cada uno de los movimientos del caballo en un instante, Proust, atraído por este tipo de fenómenos, tomó su memoria y logró desfragmentarla, capturar esas piezas tan dispersas, abstractas y complejas que la componen y proyectarla a lo largo de toda su obra. La misma velocidad a la que corre el cinematógrafo que hace imperceptible la separación de los fotogramas, es la misma que Proust nos exige en su lectura para hacer comprensibles los cambios de tiempos, de lugar y de narrador con que nos ataca. Cada oración que Proust arroja es como un fotograma de un filme; es la mínima parte de la película de la memoria, que aislada y por sí sola constituye tal vez una imagen sin mucho significado, pero que proyectadas en una lectura continua y constante, componen una experiencia íntegra, que asimila de forma tan fehaciente el impredecible fluir veloz de nuestra conciencia.


Flashbacks, flashforwards, voces en off, jump-cuts, transiciones, multipantallas, y un sinfín de recursos narrativos y técnicos, componen el largo esfuerzo del cine por representar ese mismo tipo de experiencias a su modo. El mismo esfuerzo que el escritor francés debió poner en su obra, en una época en la que el cinematógrafo alardeaba con superar a una parte tan intrínseca del ser humano como su memoria, y el escritor respondía demostrando que su lenguaje podía ser más memorable que la novedosa imagen en movimiento.


Y es por eso que En busca del tiempo perdido puede seguir siendo tan actual, porque nuestra naturaleza mortal nos mantendrá en la lucha por capturar y recrear nuestros recuerdos de la mejor manera posible, pero para ello deberemos encontrar experiencias multisensoriales cada vez más reales, que puedan convencernos como Proust de que para reencontrar el tiempo perdido, no hay mejor forma que volver a saborearlo en cuerpo y alma.



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