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  • Casa Negra

El óleo vivo: "El viejo y el mar" (1999) de Aleksandr Petrov.

Por: Jetsael Villegas.

“El hombre no es gran cosa comparado con las grandes aves y las bestias”.

Dos de los conflictos más recurrentes representados en el arte a lo largo de la historia han sido el hombre vs la naturaleza y el hombre vs sí mismo. Las dos muestran, en parte, el desafío de enfrentar nuestra realidad: por un lado, saber que somos pequeños seres en un vasto mundo lleno vida y, por el otro, reconocernos a nosotros mismos en un tiempo y espacio determinados. El viejo y el mar (1999), del director y animador ruso Aleksandr Petrov, retrata ambas pugnas. Santiago es un viejo pescador que sale diariamente al mar para pescar. Ha pasado por una racha de 84 días en los cuales no ha capturado a ningún pez. Triste y cansado, una mañana sale a navegar en su pequeña balsa y un pez enorme pica el anzuelo. Lo que sigue es la lucha del anciano contra el mar, el pez y él mismo. El cortometraje es una adaptación de la novela homónima del escritor Ernest Hemingway, publicada en 1952.


Esta obra revivió la carrera del autor y lo hizo ganar un premio Pulitzer, además de contribuir a que ganará el Premio Nobel de Literatura en 1954. La película de Petrov no es la primera adaptación del libro; existe una versión de 1958, protagonizada por el actor Spencer Tracy y otra de 1990 con Anthony Quinn. Lo que destaca en la versión del animador ruso es la técnica usada para su realización. Para plasmar a los personajes y escenarios, Petrov usó una técnica cuya belleza se acerca más a lo pictórico. Los planos de la película parecen pinturas al óleo en movimiento —para cada uno de ellos, el director trabajó sobre un cristal esparciendo, con sus propios dedos, el óleo, como si cada encuadre fuera un lienzo—. Así, en El viejo y el mar se puede percibir una textura muy diferente a las animaciones más tradicionales, como las de Disney. Más allá de estimular el tacto del espectador, la técnica del óleo en movimiento permite darle mayor complejidad al personaje de Santiago. Si bien es cierto que el estilo visual de Petrov se aproxima al realismo (los escenarios y personajes pintados por él dan la impresión de ser reales), también ayudan a crear secuencias oníricas que expresan los sentimientos y pensamientos del viejo pescador. La primera secuencia de la cinta—en la cual vemos aves, cebras y un león— revelan parte del pasado del personaje, aquella juventud que añora y con la que tanto sueña. Existe otro ejemplo a la mitad de la obra que muestra al aciano nadando junto con el pez, dando a entender que él ha logrado respetar a la naturaleza y aceptar al pez como su igual (“Este pez es mi hermano”).

El cortometraje de Petrov está lleno de simbolismos. La mayor parte de la película está compuesta por planos abiertos, que contraponen la vastedad del mar con

el diminuto pescador y su pequeña balsa: la naturaleza sobrepasó al anciano, al hombre. El pez, por su parte, hace alusión a la adversidad que Santiago tiene que superar, pero también es una emanación de su tristeza y cansancio.


En cierto sentido, El viejo y el mar tiene muchos puntos de encuentro con una película reciente: Cartas a Van Gogh (2017), cuyos planos también fueron hechos a mano para acercarse más al estilo del pintor. Las conexiones entre ambos trabajos fílmicos van desde la simulación pictórica, hasta la manifestación de ensoñaciones que permiten conocer la psique de los protagonistas. Además, en ambos filmes se profundiza en los pensamientos y emociones de los protagonistas a través de las imágenes.


Gracias a su técnica de animación, prácticamente artesanal, Aleksandr Petrov se coloca a lado de directores como Jan Švankmajer, cuyo trabajo se caracterizaba por el uso de marionetas que él mismo creaba. Ambos artistas demuestran que la dirección cinematográfica no inicia ni termina en el rodaje, sino que también está en el diseño y creación de mundos y personajes.


El viejo y el mar es universal porque habla sobre cómo cada persona, sin importar la edad, tiene que lidiar con un mundo que lo sobrepasa a la vez que libra una batalla interior para reconocerse a sí mismo.

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