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  • Casa Negra

El legado de Bergman en el siglo XXI

Por José Pablo Acevedo.

Para el ejemplar de la revista Film Comment correspondientes a los meses julio-agosto del 2018 y con el fin de rememorar a Ingmar Bergman a 100 años de su natalicio, el director de cine y ex-crítico de Cahiers du cinema, Olivier Assayas, escribió un artículo titulado “Where are we with Bergman?”/“¿Dónde estamos con Bergman?”. En él reflexiona sobre el legado de Bergman que ha trascendido generaciones, lo cual es claramente cierto. Por ejemplo, en “Golden Exits” del director estadounidense Alex Ross Perry, se puede observar una cinta que se desarrolla en época actual y en la que se filtra una estética bergmaniana de los años 60 a través de una reapropiación del cine de Woody Allen realizado en las décadas del 70 y 80 en Nueva York.


Pero esta figura de Ingmar Bergman como ícono del cine europeo la estamos viendo a través de figuras del cine que rondan los 40 o 50 años. ¿Perdura el nombre de Bergman en generaciones más jóvenes? Como trabajo final de una materia de cine que imparto, les di la oportunidad a mis estudiantes de elegir una película, cada una de las opciones era de un país distinto entre europeos y americanos, para que hicieran un ensayo entorno a un elemento de la cinta. Para infortunio de unos (dos expresamente hicieron un sonido de estar disgustados), el cineasta sueco fue elegido al azar y por pura casualidad resultó que estábamos en las semanas donde varias notas rondaron en torno a la imagen de Bergman, al igual que se dio la noticia del lanzamiento espectacular por parte de The Criterion Collection sobre un volumen que cubre casi cuarenta películas del director.

Mis alumnos después de haber visto “Persona” me dijeron que pensaban que iba a estar más rara pero que sí les había gustado. El texto de alguien lee lo siguiente: “Si a Bergman nunca lo escuchó su padre, miles de personas lo hicieron y quedaron asombradas por lo contundente de su mensaje. Persona es y será siempre su más grande poesía y el relato que lo salvó de caer en una depresión. Pocas obras llegan a ser tan personales y sinceras, pero a la vez extrañas y confusas.”


De esto me llama la atención dos cosas, la primera que se piense del cine de Bergman como algo “raro”, dándole rasgos como experimentales o encerrado en narrativas confusas. Quiero comprender que se tiene una concepción de un estilo bergmaniano que se asemeja a las imágenes oníricas de Lynch y Buñuel, y si sí, me gustaría saber de dónde viene. Quizás proviene del inicio tan hipnótico de “Persona”, aunque a pesar de las similitudes de este con el del filme “8 1⁄2” de Federico Fellini, no se considera tanto a Fellini como una figura cuyas cintas rayen en lo extraño, quizás sí en lo exuberante, pero con Bergman existe un estigma de un cine aburrido y pesado.


Bergman, como Fellini, Antonioni, Tarkovsky, etc., pertenecen a este oleaje europeo de mediados del siglo pasado cuyas cintas podrían ser consideradas como lentas e introspectivas... pero no avant-garde. El cine de Ingmar Bergman es poético, el mismo inicio de “Persona” nos lo presenta como un viaje espiritual. Pensando también en los pasajes simbólicos de “El séptimo sello” o los elementos recurrentes como el agua y los espejos en el resto de su filmografía con los que busca meditar sobre el incesante flujo entre los mundos físicos y fenomenales, podemos encontrarnos con un poeta lírico y melódico de la imagen, no ciertamente con un poeta abstracto y desgarrador como Hollis Frampton o Stan Brakhage. Lo cual me sigue dejando intrigado sobre por qué mi grupo esperaba algo más raro.

Lo otro que me llama la atención del texto de este alumno es que parece que vanagloria a Bergman y entiende por qué merece estar dentro del canon de los mejores directores de cine en el mundo y en la historia. Es cierto que varios de mis estudiantes ya habían visto otras películas de Bergman previo a ver “Persona” y en otra materia también les habían encargado ver “Jeanne Dielman” de Chantal Akerman y también la disfrutaron. Quiero creer que tal aprecio a Bergman, Akerman y Welles, por citar a unos, en pleno 2018 por jóvenes de 18 años, a medio siglo del estreno de las magnum opus de estos directores previamente mencionados, puede darse gracias a este bagaje fílmico impartido en la escuela y no simplemente por escribir palabras bonitas de una película que a lo mejor entrevieron mientras hacían otras cosas y sólo escribieron un ensayo para pasar la materia. Quiero creer también que la escuela de cine ayuda e incita a nuevas generaciones a involucrarse en el cine que conocemos despectivamente como arte y no tanto por el cine comercial de superhéroes que hace soñar a otros jóvenes con ser estrellas al hacer la gran cinta de acción.


Para entender a Bergman es importante saber que sufrió de depresión y de varias crisis nerviosas. Creciendo con un pastor protestante como su padre, Ingmar Bergman logró usar su arte como medio para filtrar su niñez traumática y alejándose de la religión al igual que Robert Bresson, logró explorarla de manera crítica a través de personajes que describe cómo demonios usando de base la filosofía y la psicología. Adentrarse al cine de Bergman es enfrentarse con figuras fantasmales que contenemos e ignoramos. Volviendo a citar a Assayas en su ensayo para Film Comment, este dice que nos alejamos de Bergman cuando nos apartamos de nuestro lado oscuro y la necesidad de enfrentarnos a nosotros mismos y que es por esta razón que ya no vemos tanto la influencia de Bergman en el cine actual.


Pero no todo Bergman es trauma, también en sus cintas vemos a un soñador enamorado del cine y no sólo a este ser nihilista y fatalista. Bergman era fan de la cinta “Die Hard” y su yerno asegura que el remake de “Ocean’s 11” de Steven Soderbergh le encantó. Hay que recordar que para él su cine es entretenimiento y amaba por igual a Chaplin y a Dreyer, como a Kurosawa y Billy Wilder. Bergman asegura que soñaba con hacer trucos de magia con aparatos tan costosos y maravillosos que cualquier artista en la historia hubiera dado todo por tenerlo. Podemos agarrar una escena de “El séptimo sello” donde los personajes se reúnen sobre una manta para comer fresas salvajes y escuchar música y sentir un panorama de esperanza. En sus momentos afables como en este, se transpira el impresionismo de Renoir y nos acercamos al Bergman humanista.

Hablar de Bergman también es hablar de sus colaboradores frecuentes como el cinefotógrafo Sven Nykvist y los actores y actrices Max von Sydow, Bibi Andersson y Liv Ullman. También es adentrarnos a su rivalidad con Jean-luc Godard y a la inevitable comparación artística con Rainer Werner Fassbinder, otro loco y prolífico director de cine y de teatro. Hablar en este momento de Bergman es vital para redescubrir su cine y sentir que su presencia es valiosa para comprender nuestra realidad y existencia. Bergman le temía a la muerte y la escena de la partida de ajedrez entre el caballero Antonious Block y la Muerte en “El séptimo sello” representa al director sueco escabulléndose de su mayor miedo. A 100 años del día en que Ingmar Bergman nació en la ciudad de Ussala en Suecia, su presencia sigue rondando y evitando la Danza de la muerte que le enseñe lo frágil que fue su vida y así prolongar el día en que la gente olvide el legado que dejó.

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