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  • Casa Negra

Dios negó al hombre una parte esencial de la existencia, a Ingmar Bergman no le importó.

Por José M. Delgadillo.

“Lo que he intentado hacer durante mi vida, es crear cosas y darles vida. La vida creativa está llena de destrucción y está constantemente amenazada. Hay tantas tentaciones, tantas veces que dejas algo que has querido hacer, hay tantos compromisos. No sé lo que es la felicidad. ¿Sabe usted lo que es la felicidad?”

- Ingmar Bergman.

El mito dice que Dios creó al hombre y le entregó lo que parecía ser absolutamente todo lo necesario para sobrellevar su paso por el mundo pero solo le negó una cosa, la escondió magistralmente para que nadie la pudiera encontrar. Muchos afirman que la han encontrado, charlatanes juran tenerla en su poder y que si son benévolos pueden entregar un poco de ella. La desesperación por encontrarla hizo que se le adjudicara a cientos de objetos, personajes, ideas, pero hasta ahora nadie puede afirmar haberla encontrado definitivamente; la felicidad se negó tal vez como motor para tener algo por lo que seguir existiendo.


La falta real de la misma que convive junto a la angustia que ocasiona el deseo insaciado de bienestar, hace que muchos hombres le nieguen valor a la existencia, o por el contrario sacrifiquen toda una vida en aras de un paraíso donde supuestamente sí existe la verdadera felicidad. El hombre busca la felicidad en todas partes, pero ésta se le niega.

Esta idea no es nueva, la han vivido millones de hombres, y el maestro Ingmar Bergman no fue indiferente con ella. El realizador sueco a pesar de ser un hombre moderado en su pensamiento era un hombre exaltado, apasionado en algunos de los campos artísticos como en el caso del teatro, el cine y la escritura que se debate entre el uso del racionalismo y la irracionalidad, la vida misma y el infinito ser onírico que vive dentro de nosotros que parece, a veces, tener el verdadero valor de la existencia.


Como para algunos filósofos existencialistas, Bergman no concibe un paraíso divino después de la muerte como justificación al dolor y a la miseria en esta tierra. El hombre está sólo en este mundo y construye su existencia con base en su libertad. Porque para Bergman el hombre es responsable de su estadía en este mundo hasta que aparece la muerte, dándole una oportunidad de jugar con ella. Para él la libertad, sea cual sea y como sea, se presenta dentro de su cine. Creando piezas de las que emergen imágenes de las cuales brota humanidad, y presentan el alma y el interior del ser humano.


Bergman es un realizador ambiguo y a la vez directo en búsqueda de la absoluta “libertad” -o como se le quiera llamar-. Se mostró como uno de esos escasos seres que realmente aman la vida, que desea entender el ser y lo que le rodea, que atraviesa sinuosos caminos, que se cuestiona, aprende, afirma y se contradice. Se adentra en un lucha llena de angustia que le da valor a todo, hasta a la nada. Observó el mundo, lo desentrañó y se adentró en el punto más íntimo de la humanidad, ese que muchas veces se le ha negado a salir porque es ofensivo para algunos. No importa cuál sea su tópico, todos los aborda como un artista que sabe que la vida es mucho más grande que la vida misma. Como un poeta que entiende el mundo de manera diferente a la mayoría, aborda las entrañas del ser a través de la existencia de Dios, o del ser humano ante la muerte hasta elogiar la sencillez de manera monumental.


A partir de esto Bergman presenta en su cine un mundo de sufrimientos, soledad, de, de sueños y angustias existenciales; un mundo donde el hombre aspira y desea llegar a una verdad suprema que explique los enigmas que asedian su iracunda vida.

“A veces, por la noche, cuando estoy en el límite entre el sueño y la vigilia, puedo entrar por una puerta a mi niñez y todo está como estaba entonces, con las luces, los olores, los sonidos, y la gente... Recuerdo la calle silenciosa donde vivía mi abuela, la agresividad del mundo de los mayores, el terror por lo desconocido y el miedo a las tensiones entre mi padre y mi madre”.

- Ingmar Bergman.

Esto lo hace a partir de tres valores el estético, ético y el religioso, que retoma de una de sus grandes influencias, el filósofo Søren Kierkegaard.


Así es como las búsquedas filosóficas de Ingmar Bergman están determinadas en el mundo de la vida. Sus personajes, que se reencuentran permanentemente en toda su obra filmográfica, están inmersos en las contradicciones: la conciencia, el sentimiento de culpa, el miedo, la pasión, el incesto, el amor y el erotismo son los esquemas evidentes de su narrativa. La transgresión y el deseo son su espacio común. El cine de Bergman no alecciona al hombre y la sociedad: le otorga esa tan necesitada libertad.

El rostro bergmaniano no mira la conciencia del afuera sino la del adentro. Anuncia las máquinas del poder y los desencantos en el gesto de sus personajes, todo un medio de emociones. Cada acción lleva a la imagen-movimiento, a la imagen-afección en el primer plano. Eso es lo que expresa la rostreidad. El rostro posee entonces dos componentes que son los del primer plano. Por una parte, un componente que llamaremos rasgo de rostriedad, los movimientos en el lugar, los movimientos virtuales que recrean un rostro, constituyendo una serie intensiva. Por otra parte, posee un contorno bajo el cual es unidad reflejante y reflexiva (Deleuze, 1984: 256)


Bergman se representa y trata de comprender al ser que desea encontrar la verdad, la libertad y la tan buscada felicidad. Para él, esto solo se puede realizar a través de darle a sus personajes el poder de elegir. Así es como a través de las elecciones es como vamos desarrollando nuestra existencia.


La vida misma se representa en sus historias, en sus películas en sus sueños, y nos encontramos constantemente en una dicotomía en la que hagamos lo que hagamos, debemos decidir constantemente. Para Bergman eso que siempre se nos ha negado, muchas veces hasta la muerte depende únicamente de nosotros, y no de nadie más ni del contexto. Todo es responsabilidad nuestra, hay que asumir que elegimos partiendo desde cero.


Esta búsqueda de la libertad para Bergman no es gratuita, tiene un precio muchas veces doloroso, pues sus personajes al dotarlos de un deseo de libertad, verdad y felicidad se enfrentan constantemente el peso de la misma, lo cual hace que sintamos vértigo existencial ante la idea de que no hay nada que nos separe del vacío. La incertidumbre hace que nos parezca que todo se puede echar a perder.


Y al igual que en la vida, sus personajes pasan de una elección a otra constantemente, experimentando angustia en menor o mayor medida. Una batalla interna en la que muchas veces optaríamos vivir sin tener que elegir constantemente, y los tiempos pasados, que vemos a través de la ilusión de que no se basaban en decisiones, nos parecen más atractivos que el presente.


Un gran ejemplo se presenta en su película La hora del lobo del año 1968 en la que su protagonista Johan es un ser atormentado que se alberga del mundo en una pequeña isla con su introvertida mujer Alma. En ese lugar, Johan negará el mundo, de su mujer y de sí mismo quedándose atrapado en “el otro lado”, donde viven todos sus fantasmas, donde se encuentran esos grotescos personajes que lo atrapan, ese grupo de espectros que lo seducen y lo angustian.


O en Noche de circo de 1953, en donde Bergman describe de manera magistral el sombrío y opresivo mundo de las relaciones humanas en un relato de poderosa vertiente existencial influenciado por la filosofía y la literatura. Muestra el mundo de las apariencias y la realidad a partir de las máscaras, los disfraces y las mismas vidas de estos payasos que hacen reír y tratan de sobrevivir cuando realmente están destrozados.


Y finalmente y por poner sólo algunos ejemplos, su gran obra Persona de 1966, en donde presenta el rostro humano para hacer una análisis de la personalidad y el eterno silencio que arroja el ser a la desesperación y la necesidad de la libre expresión y que siempre se le ha negado, Bergman nos muestra a dos mujeres en la que ambas van identificándose cada vez más, utilizando como recurso estético y cinematográfico, una narrativa muchas veces experimental, libre, y el primer plano junto con un discurso nihilista y psicológico, que muestra una premisa muy poderosa: El vacío existencial.


Bergman se coloca en un punto de constante fricción en el que se revela a aceptar la supuesta falta de libertad en la vida, aunque la búsqueda de esta sea dolorosa para él y los que lo rodean, incluyendo a quienes nos postramos frente a su cine.

“Todo lo que he hecho en mi vida ha sido emocional y lo emocional se lo he entregado a mis películas. Pueden crear emociones para la gente que las ve y recibe. Pero no son mis emociones. A veces, incluso pueden llegar a ser negativas. Lo que detesto es la indiferencia. Cuando conozco a alguien que es indiferente me hace sentirme muy infeliz.”

- Ingmar Bergman.

El cine de Ingmar Bergman sustrae lo más recóndito del ser y lo plasma en la pantalla, y aunque muchas veces pareciera pesimista, en su cine se puede observar cierta esperanza en el ser, que presenta “desnudo” pero siempre con la opción de elegir, ya que la humanidad siempre ha sido vetada de esta opción -o eso nos han hecho creer- y solo pocos son los que se han atrevido a hacerlo.


Aunque Dios negara al hombre eso llamado “felicidad”, Bergman comprendió que se tiene la opción de existir y esto equivale a tomar una decisión última respecto a la absoluta trascendencia y tal decisión determina el momento y la vida misma. Ciertamente como pocos se enfrentó a lo que pareciera ya incuestionable, los hizo con los grandes tópicos de la humanidad y también con cosas pequeñas, tal y como lo hizo al revelarse también con el título de este texto, pues ciertamente a Bergman sí que le importó eso que desde siempre le ha hecho falta al hombre y que no se puede responder definitivamente, que podría llamársele de diversas maneras; verdad, libertad, o felicidad, y lo busco en los más recóndito del ser, sabiendo que no la encontraría en su totalidad, ciertamente existieron momentos en los que se acercó y nos los presentó en breves pero majestuosos instantes de iluminación que hemos sentido al estar frente a su magistral obra.



Referencias: Deleuze, G. (1984). La imagen-movimiento. Estudios sobre cine 1. Barcelona: Paidós.

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