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Crisis de la cultura cinematográfica: sobre las audiencias y el papel del crítico


Mi cultura cinematográfica, si se le puede llamar así, comenzó prácticamente en la televisión: cuando era pequeño, todos los fines de semana solía ver las películas que Canal 5 tenía en su programación. Seré honesto y diré que ese canal nunca ha transmitido las mejores películas del mundo, pero fue mi primer acercamiento al mundo del cine. Por otro lado, en mi casa había una pequeña colección de películas en formato VHS, una de las que más recuerdo (porque se trata de una de mis películas animadas favoritas) es El Rey León (Minkoff y Allers, 1994).


No conocí una sala de cine sino hasta los 4 años. Mi mamá decidió llevarnos a mi hermana y a mí a ver una película infame llamada Godzilla (Emerich, 1998). La segunda vez fue durante el estreno de Toy Story 2 (Lasseter, 1999), otra de mis películas animadas favoritas. En realidad, no recuerdo alguna otra ocasión, mi memoria está en blanco hasta que tengo 12 años. Precisamente cuando entré a la secundaria empecé a ir de manera frecuente al cine, una vez a la semana. A la vez, los fines de semana veía alguna película en DVD que estuviera en mi casa.


El haber visto más películas en casa que en las salas de cine definitivamente afectó la experiencia estética que pude haber tenido con ellas. Retomemos, por ejemplo, el largometraje de El Rey León: creo que las sensaciones que la película provocó en mí habrían sido potenciadas si la hubiera visto en una sala. Y es que la experiencia estética es eso: sensación. Ahora podríamos decir que la estética en realidad es una rama de la filosofía que estudia las condiciones de lo bello, pero la estética también está vinculada a la percepción y, por lo tanto, a los sentidos. Un film podrá no tener valor artístico, pero sí valor estético en la medida que estimule a los sentidos.


Considero que la experiencia estética va más allá de la comprensión: hemos visto películas que quizá no entendimos del todo, pero que sin duda estimularon nuestros sentidos. Un ejemplo de lo anterior sucede con Upstream Color (Carruth, 2013), un film que en su momento pocos entendieron, pero que a nivel formal apela mucho al sentido del tacto debido a que juega con las texturas. Mientras que una película posee valores estéticos, las personas tienen sensibilidad a esos estímulos.


Los estímulos pueden ser elevados o limitados según el lugar donde la película sea vista. No es lo mismo ver un film en una sala de cine que en una televisión o en las pantallas de la computadora y celular. Las formas en las que se ve son distintas y eso condiciona la estimulación que el largometraje o cortometraje ejercen sobre nosotros. En su texto El cine después del cine, Román Gubern (1995) afirma que no ver las películas en salas afecta la apreciación estética del film.


Para Gubern, la llegada de la televisión marcó el fin del cine como se concebía: las películas se hacían para verse en salas de cine y solamente ahí la gente podía apreciarlas; sin embargo, ahora las películas se hacen pensando en que, eventualmente, llegarán a la pantalla chica. De esta forma también surgió un nuevo tipo de espectador: ya no sólo veía películas en el cine, sino también en la televisión, haciéndolo más frecuentemente en el segundo medio que en el primero. Según el autor, esto es un gran problema porque la industria cinematográfica, en aras de no perder terreno, comenzó a producir películas que fueran del gusto del televidente: “con ritmo adecuado, duración idónea, predominancia de los encuadres cortos y de fácil legibilidad, personajes poco complejos e historias seriadas” (Gubern, 1995, p. 292).


Los señalamientos inquisitivos de Gubern hacia la televisión han quedado rebasados por el tiempo. Nadie, ni siquiera él, lograron ver el gran valor expresivo y estético que las series de televisión alcanzarían entrados al siglo XXI: ¿Breaking Bad o The Sopranos tienen algo que pedirle a los grandes clásicos del cine? ¿Twin Peaks: the Return de David Lynch no está a la altura de su filmografía? Es algo curioso: en un principio, al cine también se le consideraba un simple entretenimiento casi populachero y ahora es una de las formas artísticas con más exponentes en el mundo.


Está claro que Gubern busca exaltar al cine por sobre la televisión, al afirmar que el primero es una expresión artística mientras que el segundo sólo es una forma de entretenimiento. En algo que sí tiene razón el autor es en el hecho de que el espectador de televisión está expuesto a mayores distractores, por lo que su experiencia estética con un film es diferente a la del espectador que ve una película en una sala de cine: el primero percibe una película fragmentada; el segundo es el que realmente tiene la experiencia cinematográfica completa. Actualicemos un poco el ejemplo de Gubern: la persona que ve una película en su laptop, smartphone o tablet también está expuesto a varios distractores y su experiencia estética está reducida al tamaño de la pantalla.


Podemos decir que Gubern defiende las antiguas prácticas para ver cine en dos frentes: por un lado, afirma que el lenguaje televisivo y su contenido “envenenaron” al séptimo arte; por el otro, condena que la televisión no permitir al espectador experimentar, disfrutar y apreciar una película.


De acuerdo con Gubern (1995), ver una película era como ir a misa y la sala de cine era igual a un templo: “los cines eran equiparados a las iglesias por el recogimiento reverente ante el espectáculo ofrecido por la gran pantalla” (p. 290). En otras palabras, el cine era algo sagrado a cuya pantalla (que cubre toda el área retinal de los ojos) los espectadores se entregaban con reverencia. Ahora, continúa el autor, las películas se ven “en un contexto desritualizado. En pequeña y baja resolución , luces encendidas e interrupciones publicitarias o del entorno. El telemando al alcance de la mano” (Gubern, 1995, p. 290). Esos distractores que menciona existen, pero la forma en cómo los describe hace pensar que los considera una barbarie la televisión provoca un empobrecimiento estético en las películas, es decir, la pantalla chica reduce las experiencias estéticas de las películas a poco menos que un simple entretenimiento. ¿Hasta qué punto esto es cierto? Considero que comparar el cine con la televisión es como equiparar un avión con un tren: cada uno tiene sus propias dinámicas y su relación con el espectador es distinta. La televisión por supuesto que es capaz de generar experiencias estéticas, pero muy diferentes a las del cine. Probablemente se insiste en comparar ambos porque en ambos el sentido más activo o, al menos el que se estimula primero, es el de la vista.


Más que para defender los valores estéticos del cine, me parece que Gubern simplemente quiere desprestigiar a la televisión y a los que se formaron con ella al señalar que no han tenido una experiencia estética completa. Al parecer, existen dos tipos de espectadores, lo que saben ver cine y los que no; los que van a las salsas para ver películas en pantallas grandes y los que lo hacen en la comodidad de sus salas; los que tienen una verdadera apreciación estética del film y los que no; los “intelectuales” que saben reconocer una buena película y los que “se conforman con cualquier cosa”; las “audiencias críticas” y las no críticas. .


Todos los apuntes previos estaban dirigidos hacia este punto, el de las audiencias críticas. Estamos ante un gran tema, porque aparentemente a las audiencias no críticas, esas que buscan en una película el mero entretenimiento, no están interesadas en reflexionar sobre las películas; y, aparentemente, las audiencias “críticas” no les interesa invitar a las no críticas a la reflexión. Pongo “críticas” entre comillas porque generalmente se trata de personas que solamente buscan el reconocimiento público para legitimarse como personas “con buen gusto” y que tampoco reflexionan realmente sobre el cine. A este problema, generado por la pedantería de las “audiencias críticas” y del desinterés de las audiencias no críticas, lo llamo la crisis de la cultura cinematográfica.


La cultura cinematográfica puede entenderse de dos maneras: la primera hace referencia a todo aquello que ha surgido del análisis, la investigación, la crítica, la realización, la expresión y el gusto cinematográficos; la segunda, a la “facultad del público para comprender un nuevo lenguaje (el cinematográfico)” (Balász, 1978, p. 29). Es a esta última acepción a la que yo me refiero. Esa capacidad de las audiencias de entender el lenguaje cinematográfico (y, por lo tanto, una película) parece diluirse con la pretensión de algunos y la indiferencia de otros. Pretensión porque se busca aparentar que se conoce el “buen cine” e indiferencia porque no hay un verdadero compromiso por conocer las formas fílmicas.


Fácilmente se podría decir que las audiencias no críticas son consecuencia de las audiencias “críticas”. ¿Cuántas veces no hemos oído decir “esta película no la van a entender porque no es para todos”, “este cine no te va a gustar porque no has visto películas de este estilo”, “si no te gustan las películas de tal director, entonces no sabes nada de cine”, “este cine sí vale la pena; el que a ti te gusta, no”? En la mayoría de las frases que cité hay una constante: el gusto personal. Si una película me gustó, entonces es buena; si no, es mala. Esas audiencias “críticas” han olvidado que, cuando de análisis cinematográfico se trata, el gusto es lo menos importante. La postura de esas audiencias a llevado a las no críticas a pensar, el menos parcialmente, que no son capaces de entender otro tipo de películas que no sean aquellas a las que están acostumbrados.


Lo preocupante es que esas audiencias “críticas” se traducen es críticos, difusores y analistas de cine, quienes generalmente tienen espacios en periódicos, radio, televisión, redes sociales, canales de Youtube, podcasts y demás medios que les permiten transmitir sus ideas con el mundo. Esas mismas audiencias “críticas” suelen preguntarse por qué las audiencias no críticas no se interesan en otro tipo de películas y no se han dado cuenta que es precisamente porque ellos se han encargado de ahuyentar a cualquier persona con potencial interés. Confunden la difusión con la imposición, el diálogo con el monólogo y la perspectiva crítica con la pedantería intelectual.


Gubern decía que las películas se empezaron a hacer tomando en cuenta que llegarían a la televisión en algún momento. Muchas personas, al igual que yo, crecimos viendo películas ahí. La mayoría de esos filmes no son más que entretenimiento en estado puro. Es comprensible que una persona formada en la televisión tenga problemas al acercarse a un cine que apele más la expresión artística y que rompa con las convenciones a las que está acostumbrado. Las audiencias “críticas” parecen no entenderlo y se encargan de reafirmarse como gente “de buen gusto” en lugar de ayudar a las audiencias no críticas a desarrollar su cultura cinematográfica.


Con lo anteriormente descrito, también sería fácil afirmar que la crisis de la cultura cinematográfica es provocada que las audiencias “críticas” que generan un círculo cerrado al que las audiencias no críticas no pueden acceder. Sin embargo, ambas audiencias son derivadas de un sistema económico que promueve la diferenciación. Términos como “cine de arte”, “cine de autor”, “cine de culto”, “cine independiente”, “cine comercial/entretenimiento” y “cine de culto” son hoy en día etiquetas de marketing que buscan segmentar a las audiencias. El hecho de que a alguien le diga que lo que ve y le gusta es “cine de arte”, provocan que esa persona se llene de ciertos aires de superioridad no sólo intelectual, sino también moral: no solamente es listo, sino también una mejor persona. Por otro lado, la etiqueta “cine de arte” puede hacer pensar a otros sectores que existen películas aburridas y difíciles de entender, por lo cual buscan refugio en el “cine de entretenimiento”. En otras palabras, es el sistema económico el que ha segmentado a la audiencia en dos grandes grupos.


La crisis de la cultura cinematográfica no termina ahí. Ya el hecho de exaltar una forma de ver cine sobre otra, como lo hace Gubern, también sugiere que no basta con ver “buen cine”, sino también saber cómo verlo. O lo que es lo mismo, si no ves una película en una sala de cine, lo estás haciendo mal. Esa audiencia “crítica” tampoco parece entender que muchas veces es imposible ir al cine. ¿En un país como el nuestro, es posible pedirle a una persona que trabaja más de 8 hrs. que vaya a una sala al final de su jornada? ¿Podemos exigirle a esa persona, fatigada por el trabajo de la semana, que vea una película “poco convencional”? Probablemente esa persona prefiera quedarse en su casa y ver una película que lo entretenga, y aún así seguirá teniendo una experiencia estética. No siempre será posible ver una película en la pantalla grande y eso no debe ser motivo de escándalo, aunque es cierto que del tamaño de la pantalla también depende el nivel de la experiencia.


La cultura cinematográfica de cada persona es diferente, las variaciones van desde el tipo de películas que le gustan hasta su nivel de comprensión de la película como forma fílmica, que cuenta con combinaciones infinitas entre los recursos (no) narrativos y los estilísticos. Lo anterior no es una limitante, el hecho de que alguien pueda entender hasta las dinámicas más básicas de un film ya es un indicio de que tiene potencial para comprender dinámicas más complejas. Somos capaces de desarrollar esa cultura cinematográfica para poder comprender otro tipo de películas sin juzgarlas previamente de complicadas y pretenciosas o de comerciales y genericas. Sólo así, quizá las audiencias “críticas” puedan argumentar porque Godzilla (Emerich, 1997) es una mala película más allá de la clásica frase “es cine de las masas”; sólo así, las audiencias no críticas pueden entender una película, por ejemplo, de Tarkovski o de Béla Tarr, independientemente de si les gusta o no.


Es aquí donde el papel de crítico de cine juega un papel importante. No me refiero a ese crítico surgido de las audiencias “críticas”, sino a ese crítico libre de prejuicios y que es capaz de acercarse a todo tipo de cine. Quizá se trata de la figura más importante para la creación de audiencias verdaderamente críticas: además de valorar una película para conocer si es innovadora o con riqueza expresiva, también es un puente de comunicación entre el film y el espectador. La crítica cinematográfica tiene una dimensión social, el crítico no debería escribir para el crítico, sino para la gente. El crítico puede ser un catalizador en el desarrollo de la cultura cinematográfica de las personas.


Otro fenómeno que contribuye a la existencia de la crisis de la cultura cinematográfica es la existencia de personas con opiniones disfrazadas de críticas. Tan sólo basta echar un ojo en Internet y veremos que existen cientos de sitios y personas que realizan sus “análisis”, que nuevamente se basan en el “me gustó” y “no me gustó” o en observaciones muy superficiales. Lo destacable es precisamente que esas personas son las más leídas y esos sitios son los más visitados.


En una mesa de debate realizada por en el canal de Youtube Zoomf7, varios críticos de cine, jóvenes en su mayoría, hablaron sobre la formación de audiencias críticas. En el video, cuyo título fue Críticos vs Youtubers: ¿El fin de la crítica?. los invitados discutieron sobre su trabajo en un contexto donde la gente prefiere escuchar y tomar en cuenta la opinión de los llamados influencers. El título refiere a una especie de antagonismo entre críticos e influencers y parece acusar a estos últimos de la decadencia de la crítica cinematográfica.


Bajo esas circunstancias, uno de los comentarios del crítico Sergio Huidobro me parece valioso: “no creo que ellos (los influencers) están haciendo crítica, pero tampoco creo que puedan empobrecerla”. Esto lleva a formular una pregunta en la que quizá debería estar la verdadera discusión: ¿por qué las audiencias prefieren escuchar a los influencers y no a los críticos? Porque se les ha condicionado, mediáticamente, que no son capaces de entender películas que vayan más allá del simple entretenimiento. Los influencers les hablan de cosas que sí conocen; muchos críticos ni siquiera se dirigen a la gente, sino a sus cuates críticos.


En su dimensión social, la crítica cinematográfica debería tener conocimiento sobre el tipo de audiencias a las que se va dirigir para saber cómo establecer una conexión entre ellas y las formas fílmicas. Ese “fin de la crítica cinematográfica”, que también deviene en la crisis de la cultura cinematográfica, se deriva más de los vicios del propio crítico que del trabajo de los influencers.


Para resolver la crisis de la cultura cinematográfica, muchos críticos de cine necesitan replantearse su labor como una herramienta que permita desarrollar las facultades críticas de las audiencias, que a su vez reformarán a las “críticas” y empoderarán a las no críticas porque ambas se congregarían en una sola: la audiencia verdaremante crítica . Quizá, en un acto de humildad, deberían voltear a ver al influencer y tomar de ellos lo que les sirva para poder continuar con su trabajo.


Podrá gustarnos o no, pero los influencers han sabido conectar con la gente.



Por Jetsael Villegas



Referencias:

Balász, B. (1978). El film. Evolución y esencia de un arte nuevo. Barcelona: Gustavo Gili.

Palacio, M. y Álvarez Monzoncillo, J. M. (1995). Historia general de cine. El cine en la era del audiovisual. Madrid: Cátedra.

Zoomf7. (2018, junio 27). Críticos vs Youtubers: ¿El fin de la crítica? [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=t5zOhY8BE8k

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